El testamento de Roberto Gómez Bolaños: ¿Qué le dejó Chespirito a su esposa?
Hay testamentos que se leen como una venganza discreta contra el amor: la mujer que acompañó al genio hasta el último aplauso descubre, demasiado tarde, que la herencia no la incluye. En los melodramas latinoamericanos suele quedarse sin casa, sin coche, sin apellido. En el caso de Roberto Mario Gómez Bolaños, el comediante que convirtió la pobreza en una marca global llamada El Chavo del 8, la escena se resolvió de un modo aún más elaborado: el hombre que fue Chespirito murió sin joyas, sin alhajas, sin cuentas rebosantes en bancos suizos… y, sin embargo, dejó tras de sí un imperio de papel que seguiría produciendo dinero mucho después del último "¡no contaban con mi astucia!".
"No se conocen dinero, alhajas, efectos de comercio, semovientes, frutos, bienes muebles ni créditos propiedad de Roberto Mario Gómez Bolaños, que a la fecha no hayan sido adjudicados", establece el testamento abierto por el notario público número 51 de Cancún, Juan Daniel Caballero Corral, el 14 de diciembre de 2015. Ninguna mansión en Miami, ningún collar de diamantes, ninguna colección de autos clásicos. Lo que sí aparece, en cambio, es una criatura jurídica con nombre de chiste privado —Chespirito Inc.— que concentra algo más abstracto y mucho más valioso: el derecho exclusivo sobre una memoria compartida por millones de espectadores en México, Brasil, Estados Unidos e Iberoamérica.
Chespirito Inc., heredada a su hijo Roberto Gómez Fernández, no es una empresa: es un ecosistema. Lo componen Grupo Chespirito, Síganme los Buenos Producciones y La Otra Realidad, pero sobre todo una multitud de ciudadanos de vecindad: el Chavo del Ocho, Don Ramón, Quico, Ñoño, el Señor Barriga, el Profesor Jirafales, Godínez, Jaimito el Cartero, Rufino Malacara y más de 90 personajes adicionales que habitan en 156 episodios del Chavo, 132 del Chapulín Colorado, 76 de los Chiflados, 70 del Doctor Chapatín, 78 películas, obras de teatro, canciones, libretos, sketches y formatos olvidados. Cada uno genera regalías, contratos, licencias, demandas; cada uno es una línea en el balance y una grieta potencial en la familia.
En la cartografía del negocio, la mujer que en la ficción defendía a su hijo a bofetadas limítrofes con la histeria —la madre que gritaba "¡Tesoro!"— no pertenece al paquete corporativo que hereda el hijo del comediante. Como en la fábula universal de la esposa que no se queda con la herencia, la figura femenina que estuvo en el centro emocional del relato termina alejada del desenlace.
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