En los últimos años, he visto tantos titulares sobre "incautaciones récord de cocaína" en países de todo el mundo que ya casi pasan desapercibidos.
Pero esta semana, dos incautaciones récord de cocaína en Europa llamaron mi atención: una de 3 toneladas en Suecia y otra de 10 toneladas con destino a España. Estas enormes incautaciones demostraron que, después de más de tres meses de ataques letales de EE. UU. a supuestas embarcaciones de drogas, los flujos globales no se han detenido; en el mejor de los casos, simplemente han cambiado de rutas.
El costo humano y financiero de los ataques de EE. UU., que ya suman 35 y han dejado al menos 123 muertos, plantea la pregunta de cuán efectivos han sido para debilitar las redes internacionales de narcotráfico.
El presidente estadounidense Donald Trump ha afirmado que la ofensiva militar en el Caribe y el Atlántico ha eliminado casi por completo el tráfico de drogas en esas áreas. Sin embargo, las incautaciones europeas demuestran que no falta el uso de rutas alternativas para llegar al consumidor.
Desplazar el comercio no es lo mismo que abordar sus raíces. La incautación de 10 toneladas fue un ejemplo de cómo la cooperación tradicional en la aplicación de la ley puede asestar grandes golpes a las redes de tráfico, sin derramamiento de sangre ni acusaciones de crímenes de guerra.
EE. UU. trabajó con el Reino Unido, Francia, Portugal, Brasil y España en esta incautación, valuada en decenas de millones de dólares. Con la producción de cocaína manteniéndose en niveles récord y la demanda en aumento en Europa y Asia, esa clase de cooperación internacional será crucial para combatir las poderosas redes que mueven cargamentos de drogas a gran escala por todo el mundo.
La pregunta ahora es si ese tipo de cooperación continuará o si Estados Unidos seguirá intensificando su enfoque militarizado, que se ha vuelto cada vez más agresivo bajo la presidencia de Donald Trump.
Lo que suceda a continuación, lo estaremos monitoreando de cerca.