por Dra Cristina Martín Jiménez
Buenos días de lunes
El 12 de octubre de 1492 España cambió el rumbo de la humanidad. Cinco siglos después, los nuevos inquisidores de la corrección política pretenden convertir aquella hazaña histórica en un pecado hereditario.
La conquista tuvo abusos, guerras y atrocidades. Como todos los imperios. Pero también levantó ciudades, universidades, instituciones y una civilización mestiza que transformó dos continentes. Naturalmente, eso no interesa demasiado a los fabricantes de culpabilidad colectiva. La leyenda negra, nacida de las rivalidades entre potencias europeas, sigue dando excelentes dividendos políticos. Antes la difundían los enemigos de España. Ahora cuenta con entusiastas colaboradores dentro de nuestras propias instituciones. Hemos pasado de combatir la propaganda extranjera a financiar nuestra propia desmemoria.
Y no hablamos únicamente del pasado. La Hispanidad reúne a cientos de millones de personas que comparten lengua, historia y vínculos culturales. Una fuerza geopolítica formidable si alguna vez decidiera actuar con conciencia de sus intereses. Pero una comunidad orgullosa de su identidad, capaz de cooperar y defender su soberanía, resulta bastante menos manejable que un mosaico de pueblos enfrentados por agravios históricos.
Por eso conviene preguntarse quién gana cuando nos enseñan a despreciar nuestras raíces. Porque la ingeniería social no empieza necesariamente prohibiendo banderas. A veces comienza convirtiendo la memoria en vergüenza, el patriotismo en sospecha y la defensa de la identidad en un delito moral.
Los imperios caen. Las civilizaciones pueden sobrevivirles. Pero ningún pueblo conserva su libertad si entrega a otros el derecho a contarle quién es.
Feliz Día de la Hispanidad.