Un solo mensaje en mi teléfono la semana pasada marcó el desenlace de años de trabajo y de la carrera criminal de Sebastián Marset, uno de los traficantes más buscados del mundo.
Marset finalmente fue capturado en Bolivia tras años de evadir cargos por tráfico de cocaína, homicidio y lavado de dinero. Era objetivo de fuerzas de seguridad de todo el mundo.
A Marset lo investigué durante años en su Uruguay natal: visité su barrio de infancia, Piedras Blancas, y revisé más de 1.000 páginas de documentos judiciales para entender mejor su trayectoria criminal.
Pasé varias noches largas y mañanas soleadas encerrado en bares y cafés de Montevideo conversando con colegas sobre cómo había logrado escapar de 2.500 policías en Bolivia, en qué lugar podría aparecer después y si alguna vez enfrentaría finalmente la justicia.
La mañana del 13 de marzo de 2026, ese capítulo llegó a su fin cuando fue esposado y trasladado en avión rumbo a Estados Unidos para enfrentar la justicia.
Marset es el último sospechoso clave en una operación histórica contra el tráfico transnacional de drogas. Su carrera puede haber terminado, pero las investigaciones están lejos de haber concluido.
Su caso deja en claro, una vez más, que el crimen organizado es resiliente, adaptable y persistente.