Por Raymundo Rivera Lopeztiana
Jefe del Partido Democracia Plena
En momentos de tensión internacional, polarización ideológica y crisis de sentido colectivo, la cultura vuelve a ocupar el lugar que históricamente le corresponde: el de conciencia crítica de su tiempo.
La convocatoria al Frente de Artistas contra el Fascismo y el Imperialismo no debe interpretarse como un acto meramente simbólico ni como una consigna coyuntural. Es una afirmación histórica. Cada etapa de confrontación política profunda ha tenido en el arte un espacio de resistencia, reflexión y reconstrucción moral.
Cuando las narrativas del poder buscan simplificar la complejidad del mundo en categorías binarias, el arte introduce matices. Cuando el miedo pretende convertirse en método de gobierno, la cultura responde con imaginación. Cuando la violencia se normaliza, la creación estética la desnuda y la confronta.
El fascismo no surge únicamente como estructura política; germina en la intolerancia, en la deshumanización del otro, en la reducción del debate público a la imposición. El imperialismo, por su parte, no opera solo mediante instrumentos económicos o militares; también se despliega a través de hegemonías culturales que buscan imponer visiones únicas del progreso y la civilización.
Frente a ello, la organización cultural no es radicalismo: es responsabilidad histórica.
El arte no es ornamento del poder ni entretenimiento despolitizado. Es memoria colectiva, es identidad, es crítica social. Es la capacidad de una sociedad para mirarse a sí misma sin filtros complacientes. Por eso los regímenes autoritarios siempre han desconfiado de los artistas organizados. No porque pinten o escriban, sino porque interpretan la realidad.
La paz que hoy se invoca no puede entenderse como pasividad o neutralidad frente a la injusticia. La paz auténtica exige justicia social, soberanía nacional y respeto irrestricto a la dignidad humana. Cantar por la paz es también denunciar la desigualdad. Recitar por la paz es también cuestionar la violencia estructural. Bailar por la paz es también afirmar la vida frente a la barbarie.
La cultura es el espacio donde se disputan los significados del mundo. Allí se define si una sociedad normaliza el autoritarismo o si lo confronta. Allí se decide si la juventud hereda resignación o esperanza.
Unir las luchas desde la cultura no significa uniformar el pensamiento. Significa reconocer que la diversidad creativa es, en sí misma, una forma de resistencia democrática. La pluralidad artística es incompatible con la imposición ideológica. Y esa pluralidad es la mejor defensa frente a cualquier intento de uniformar conciencias.
Este domingo no representa un acto aislado. Representa el recordatorio de que la transformación social no se sostiene únicamente en estructuras políticas, sino en procesos culturales profundos. Ninguna reforma perdura si no está acompañada de una transformación ética y simbólica.
Dejar el mundo mejor de como lo encontramos implica asumir que cada generación tiene una responsabilidad con la siguiente. Y esa responsabilidad comienza por defender el derecho a pensar, crear y disentir.
Los pueblos que cultivan el arte fortalecen su espíritu crítico.
Los pueblos con espíritu crítico no se someten.
Y los pueblos que no se someten construyen democracia plena.
La cultura no es periferia del debate público. Es su núcleo más profundo.
Democracia Plena reafirma su convicción de que la creación artística organizada es una fuerza civilizatoria. No para imponer una verdad única, sino para defender el derecho colectivo a imaginar un futuro más justo, más soberano y más humano.